Testimonios de sobrevivientes de la bomba atómica - Parte 2 Capítulo 6

Imágenes del infierno


El fuego ardió durante días y dejó un montón de esqueletos blancos entre las cenizas, que yacían apilados por todas partes a orillas de las carreteras. Era realmente tanto, que en algunos lugares no se podía pasar sin tener que pisarlos. Recuerdo un cráneo blanco, cuyo cuerpo aún se encontraba bajo los escombros. Esa persona probablemente no pudo salir entre los derrumbes de su casa y al final pereció entre las llamas.
A la orilla del río Inasa yacía una pila de cadáveres. Los heridos probablemente iban en busca de agua y luego murieron agotados.

En el puente sobre el río Inasa abundaba la gente: algunos agotados en cuclillas, otros recostados boca abajo. Un hombre lleno de hollín extendió una mano hacia el cielo. Todos estaban juntos, también unos sobre otros, pero nadie hablaba. Todos estaban heridos y necesitados de ayuda. Era desesperante.
Aún hoy no he podido olvidar, como una mujer muerta, apoyada en la baranda del puente, sostenía un bebé en sus brazos. La mujer no tenía nada más arriba de su cuello, sin embargo el bebe se aferraba a su pecho.
En el incendiado tranvía había muchos cadáveres tendidos frente a las puertas.

Aquí y allá me encontré con la escena de personas quemando los cuerpos de sus seres queridos. No era de ninguna manera la forma de incinerar a un ser humano. Hubiese sido quizás aceptado en determinadas circunstancias sólo para animales. Qué pesadumbre debe haber sido para los persona, el tener que cremar de esa manera a sus seres queridos!

Un niño pequeño tomó los huesos de las cenizas y los puso uno a uno en una olla. No tenía más opción de usar una tetera como urna. Frente a esa escena, sentí como si mi pecho fuese a estallar. ¿Provenían los huesos de los padres del niño?

Ahora al escribir, me atormenta nuevamente el hecho, que yo sobreviví a esa catástrofe, mientras la familia Taniguchi, que fue tan amable conmigo, todos murieron. Me dan muchísima lástima. Después de la guerra, nunca fui capaz de ir a la zona de Inasa o al lugar donde alguna vez estuvo la casa de la familia Taniguchi.

El remordimiento, el dolor, la tristeza y la ira por no haber podido hacer nada más que mirar ese infierno de imágenes, que superaban todo lo humanamente imaginable, nunca se apartaron de mí.
Decidí encerrar todo aquel rencor en mi corazón y seguir viviendo. Sencillamente no podía hacerlo de otra manera.