Testimonios de sobrevivientes de la bomba atómica - Parte 2 Capítulo 4

En el refugio de montaña


Traté de ir al refugio aéreo que estaba en la montaña. Yo estaba con mi ropa desgarrada y sin zapatos, y a través de los techos arrasados me hice un camino hacia allá. Muchos heridos, se arrastraban junto a mí, completamente ausentes, para alcanzar el bunker. Los heridos de mayor gravedad entraban primero, después los otros. Para los ilesos, como yo, no había espacio libre.

Un hombre se arrastró en cuatro patas, quejándose que no podía ver. Su cabello estaba chamuscado, su cara quemada y su piel caía cubriéndole los ojos. Muchos estaban totalmente calcinados y sus narices y orejas completamente desfigurados. En otros, las ropas quemadas estaban pegadas a sus heridas o les colgaba la piel de manos y pies. Algunos gemían, “Agua, agua!”, “Por favor, deme agua!”, y en otros sus bocas estaban cubiertas por la piel que les colgaba. En ese momento, lo que yo sólo podía hacer era humedecerles la boca, después de haber levantado suavemente el colgajo de piel quemada. En medio de los gemidos de agonía de las personas que clamaban como locos por agua o por ayuda: “Por favor, deme agua”, “Por favor, ayúdeme”, “Por favor, ayúdeme a cubrir los ojos”, debí, con mis 17años, presenciarlo sin poder hacer nada. Yo estaba en ascuas y me odiaba a causa de mi incapacidad para poder ayudar. Literalmente mi corazón se desangraba.

Los heridos graves, que fueron los primeros en entrar al bunker, fueron muriendo uno tras otro, y eras apilados como animales en una camilla y transportados al exterior. No había ningún paño para tapar los cuerpos de los muertos, por ello rompí unas ramas de los árboles caídos y los puse sobre los cadáveres. Eso era todo lo que yo podía hacer por ellos. No se sabía quién era el fallecido. Seguramente sus familiares también pendían entre la vida y la muerte. Los puestos que quedaban desocupados, podían ser entonces tomados por los que aún quedaban vivos. A veces pienso aún hoy en aquellos fallecidos y me pregunto si habrán logrado encontrar el camino al mundo de Buda.

Cuando me di cuenta de que un hombre, como sonámbulo se arrastraba laboriosamente hasta la ladera de la montaña, corrí a su encuentro. Quise sostenerlo, pero no fue posible tomar su mano o agarrarlo por el brazo, dado que la piel quemada se desprendía al menor contacto.
Un niño pequeño, casi desnudo, vino a mi encuentro. Su camisa quemada yo no lo cubría, él tampoco tenía la fuerza de llorar a gritos. Cuando lo llevé a mi espalda, toda la superficie de la piel del pecho y espalda, se le estaba pelando de una vez y esa piel se adhería a mi espalda. A la mañana siguiente murió en silencio y solo, nadie de su familia estaba allí.

Se proclamó: “A aquellos que pueden moverse, se les solicita por favor, que colaboren en los campamentos para atender urgencias.” Siguiendo ese llamado, me dirigí al lugar de atención de emergencias que se había instalado en la escuela Inasa, ubicada justo debajo del Bunker. Las aulas y los pasillos de la escuela estaban llenos de heridos, que fueron admitidos consecutivamente. Incluso después de caer la noche, se continuó aceptando heridos. La visión de los heridos a la luz de la luna, daba una sensación muy extraña. Eso no era más que el infierno en la tierra. El aire se llenó con el olor a carne quemada, a olor corporal y a un indescriptible olor de una mezcla de sudor, orina y heces, y con los gritos de los animales y los gemidos.

En la noche del 9 de agosto, la luna resplandecía como si quisiera burlarse de la humanidad, muy brillante sobre la ciudad de Nagasaki en ruinas.
En un hombre, negro por las quemaduras, vi que en todo su cuerpo tenía innumerables fragmentos de vidrio, lo cuales brillaban a la luz de la luna.
Fue entonces que me salieron las lágrimas de mis ojos y no puede detenerlas por un largo tiempo.