Testimonios de sobrevivientes de la bomba atómica - Parte 2 Capítulo 3

La muerte de la familia Taniguchi


“Debe haber caído una bomba en las cercanías, y yo moriré aquí”, pensé.
Para encontrar una salida, traté de moverme, intentando meter mi cabeza entre dos postes de madera, que habían servido como pilares de apoyo del bunker. Empujé la tierra poco a poco a un lado y pude estirar la cabeza. Demoré más de media hora empujando los montones de tierra y las maderas, hasta que fui capaz de liberarme por completo. Cuando me enderecé y miré a mi alrededor, vi que todas las casas se habían derrumbado sin excepción. Lo que se podía observar desde Inasa, era que en la ciudad de Nagasaki no se movía absolutamente nada, como si el tiempo se hubiera detenido. Todos los edificios que estaban a la vista, estaban derrumbados. Era la ciudad de la muerte. Aquí y allá ardían las llamas, las cuales pronto se propagaban. Pero no había nadie que intentase apagar el fuego. Yo estaba totalmente confundida, porque no sabía en absoluto lo que había sucedido.

En aquel entonces no conocíamos la palabra “bomba nuclear” y la llamábamos “bomba de balón”. ¿De dónde se podía saber que se trataba de siniestros rayos radioactivos?

La señora Taniguchi y la abuela estaban bajo los escombros del techo y pedían ayuda con voz muy débil. Ellas gemían: “Ayuda, ayuda!”. El liberarlas, superaba mis fuerzas. Cada uno se preocupaba de sí mismo, la mayoría tenía quemaduras en todo el cuerpo. No había nadie en las cercanías que pudiese ayudar conmigo. Llorando les quité escombros uno tras otro, y les decía continuamente: “Aguanten, aguanten!”. Pero pronto sus voces suplicantes no se oyeron más y yo me sentía totalmente impotente.

El cuerpo del niño que había gritado mirando al cielo: “… avión japonés.”, yacía en el jardín, como si se hubiese caído desde la terraza. El estaba totalmente carbonizado, ya que probablemente la radiación de calor lo golpeó directamente, ya que el miró hacia el cielo. Cuando lo quise tocar, me pareció que su piel fuera de sólo un centímetro de espesor. Como no fui capaz de volver a tocarlo, cubrí su cuerpo con una tabla delgada, que encontré por ahí, y le coloqué suavemente en su palma un guijarro del jardín. (Nota del editor: De acuerdo a una antigua tradición japonesa, las personas colocaban una moneda en la palma de la mano del fallecido, de tal manera que él o ella pueda pagar el bote hacia el más allá).

Con mucha lástima, le acaricié la cabeza varias veces y extrañamente no derramé ninguna lágrima. Estaba totalmente choqueada por el terror.

Yo, una extraña, sobreviví en el búnker, que debía ser para proteger a la familia Taniguchi, pero ninguno de ellos la pudo utilizar. Me daban una tremenda lástima todos ellos. Aún hoy me duele el corazón cuando pienso en ello y recuerdo ese rayo de luz que en un instante separó vida y muerte.