Testimonios de sobrevivientes de la bomba atómica - Parte 1 Capítulo 3

Atravesando el inferno


El cielo estaba cubierto de nubes negrísimas y el sol quedaba tapado por las cenizas marrones de las llamas. Estaba tan oscuro, como si fuera de noche. Con sus pies descalzos iba ella, paso a paso, con paso de tortuga, abriéndose camino entre los escombros. Cuando llegó a la calle, que corría paralela al río Urakami, no lejos de la fábrica, se topó por fin con algunas personas, las cuales también iban a pie. Pero el extraño aspecto de aquellas personas, hizo que su miedo la dejase sin aliento. Todos estaban grises por el polvo y con graves quemaduras, tan intensas, que ya no se podía distinguir si trataba de una mujer o de un hombre. En silencio y como adormecidos se arrastraban, tratando de bajar a la ribera del río. Uno de ellos logró alcanzar la orilla del agua, pero antes que pudiera tomar un sorbo, se le agotaron sus fuerzas. Él murió con su boca en la orilla del agua, para luego ser arrastrado por el río. Era una imagen espantosa, similar al de una manada de sedientos y agonizantes animales en busca de agua.

Mientras Chizue seguía caminando, encontró un vecino del barrio Shiroyama-machi. Recién por él, ella se enteró, que se había equivocado y que sin saber había caminado en dirección al sitio donde cayó la bomba.

Lentamente, los peatones iban siendo menos. Sólo los medio muertos, se acurrucaban aquí y allá, en completo silencio, sin emitir ningún ruido, a pesar de tener quemaduras por todo su cuerpo. De vez en cuando se oían suaves gemidos. Chizue pensó, todas estas personas morirán pronto aquí, y se preguntaba, por qué no aparecían por ninguna parte las tropas de auxilio?.

Afligida siguió caminando. Los cuerpos sin vida, yacían aquí y allá, completamente abandonados.De repente escuchó a alguien gritar: “Ellos vienen nuevamente, para dispararnos con ametralladoras. Todo aquel que aún pueda, debe rápidamente buscar refugio bajo el puente! ”. En consecuencia, Chizue se apresuró en llegar al puente. Pero al llegar allí, el lugar estaba ya lleno de gente. Los quemados y los heridos graves imploraban de vez en cuando: “Por favor, deme agua!”. De no ser así, reinaba un silencio infernal. Todos parecían ondear entre la vida y la muerte.
Una mujer se agarró del pie de Chizue y rogó: “Mis quemaduras me arden tanto, que me volveré loca. Por favor, mójemelas con agua! Le ruego a Usted, agua…Su orina, también me ayudaría. Yo le suplico!”. Luego le tendió a Chizue un niño, que ella sostenía en sus brazos, e imploró: “ayude a mi hijo!”. Pero Chizue no supo decir otra cosa más que: “Lo siento, lo siento muchísimo.”, y abandonó rápidamente el lugar.

A la mañana siguiente Chizue escuchó de alguien, que todas esas personas habían muerto y que se había formado una montaña con los cadáveres apilados. Debía haber sido un espectáculo, que en definitiva era que el infierno estaba en la tierra nuevamente.

En el camino a su casa, enfrente de donde ella vivía con su padre y sus abuelos, estaba todo en llamas. Se apresuró aún más, con la intención de llegar lo más cerca posible de su hogar. Allí encontró a un bebé sin ropas, que gritaba en el medio del abrasador fuego. Alrededor era tan fuerte el fuego, que fue imposible para Chizue ni siquiera atreverse a acercarse al bebé. No había nadie cerca a quién pedir ayuda. “Qué hago? Qué debo hacer?” Ella no podía hacer nada y al final, tuvo que escapar de ese lugar, con los oídos tapados.
“Con el paso de los años esa situación me obsesiona más y más. Me culpo y me pregunto todo el tiempo por qué no salté sobre el fuego para salvar al bebé. Este es el pesar de mi vida”, dijo ella.