Testimonios de sobrevivientes de la bomba atómica - Parte 1 Capítulo 10

Regreso a la vida


Chizue perdió gran parte de su cabello y estaba casi en los huesos de delgada, sin embargo, casi a fines de septiembre pudo dejar la clínica. El médico le advirtió “No olvide tomar las vitaminas! Y en caso de recaída, no puedo garantizarle nada”. En casa, le daban constantemente mareos y tenía pánico que pudiese caer de nuevo en aquel pésimo estado que tenía en la clínica. Después no era capaz de encontrar calma y comenzaba a ordenar sus pertenencias. Continuamente la madre de Chizue la observaba y la vigilaba. Incluso en el baño sabía Chizue que su madre estaba detrás de la puerta. Cuando salía sola a caminar, divisaba a la distancia a su madre. Probablemente vigilaba a su hija, por temor a que se pudiese suicidar: dijo Chizue.

De Nagasaki a Kashima fueron trasladados 200 pacientes contaminados con radioactividad, de los cuales sólo dos de ellos sobrevivieron: le contó el doctor a la madre de Chizue.
Fueron muchas circunstancias afortunadas que permitieron que Chizue siguiera con vida. Además de los hechos que ella salió relativamente rápido de la zona contaminada, y de que se le otorgó un adecuado tratamiento en la clínica - transfusión de sangre y suficiente medicamentos - , fueron también seguramente su juventud, la robusta constitución de su corazón y de su estómago, junto con la buena alimentación con pescado fresco y verduras y por último, pero no menos importante, el sacrificado cuidado que le brindó su madre, los factores que permitieron la sobrevivencia de Chizue.

Después de un año la familia retornó a Nagasaki, instalándose en el barrio de Kosuge en Higashiyama. Chizue no salía casi nunca de casa. Ella supo que los alrededores de Urakami estaban en ruinas, pero no quería ver ese sitio nunca más. Ella se sentía continuamente indispuesta y seguía aún calva. Para examinarla, la fueron a buscar en un jeep de la ABCC (Atomic Bomb Casualty Commission), actualmente RERF (Radiation Effects Research Foundation), pero nunca recibió ningún tratamiento.

Frente al matrimonio, Chizue mantuvo una postura de contención. En aquella época, se hablaba que la tasa de abortos involuntarios era del 50% entre las personas contaminadas. Sin embargo, encontró a un compasivo hombre, que estaba dispuesto a formar con ella un matrimonio sin hijos. Sin embargo, envidiava a las mujeres con hijos y nietos, y se sentía de alguna manera culpable con su marido. Ella dice: “Hoy, después de 50 años de la exposición a la radiación de la bomba atómica, mis recuerdos no son tan claros. Yo tuve una gran suerte y estoy con vida, pero cuando pienso en aquellos que por este suceso no pudieron casarse, o que debieron separarse, o aquellos que murieron en ese infierno, me cuesta controlarme. A pesar que no he contado muchas veces mi experiencia pasada, ahora tengo una gran anhelo de compartirla con el prójimo. Esa horrenda tragedia no debería ocurrir nunca más, ni nadie tener que vivirla.”

Con ello Chizue finaliza su largo lerato.

(Traducido del alemán por Vesna Vila)